lunes, 8 de noviembre de 2010

suerte.

...se había despertado en mitad de la noche, sin saber muy bien el porqué, sólo que había tenía un sueño...¿o fue una pesadilla? La verdad que ni se acordaba y eso le molestaba, cosas de los sueños y la poca vida con que se guardan en la memoria.
No pudo volver a pegar ojo, más bien parecía que sus ojos le habían cogido apego al techo, pues no podía hacer otra cosa que mirar hacía arriba desde su cama, con los pies del otro lado y pensando en que era lo que había producido su desvelo y lo había dejado en ese duermevela en el que ni descansas, ni puedes pensar bien (como un barco de vela al que el viento se ha cansado de soplar). Lo único que se le venían a la cabeza eran frases sin sentido, como estás, a las que prefería no ponerles ningún ritmo, pues a esas horas todo es algo arítmico.
Prefería inventarse pésimos juegos de palabras y buscar el doble sentido de algunas palabras...así llego a la graciosa conclusión de que no entendía por qué la gente pagaba por entrar en parques de atracciones, cuando todas las noches en cualquier lugar podía disfrutar de un parque de verdaderas atracciones...
La mente le empezó a traicionar y no entendía que hay gente que prefiere bailar al compás de un par de copas de más, cuando ya no existe eso que llaman culpabilidad.
Ya no sabía que era ni lo que por su cabeza rondaba, ni cuantos extraños objetos le había parecido ver en las sombras del techo. Así que cansado de todo aquel sinsentido decidió poner la música lo suficientemente alta para que no pudiera escuchar sus pensamientos, para que ella dijera lo que a él no le salía (con un poco de suerte encontraría esa consecución de palabras que buscaba y le explicaran en que estado se encontraba) ya que las palabras cantadas, por lo menos, siempre sonarán algo mejor que las que se omiten.
Y así nuestro “protagonista” consiguió encontrar lo que a él le pareció pura claridad, cerca del mar de la tranquilidad, para lo que de este mundo tuvo que despegar, quizás para nunca más regresar…

alterego.

Era una de esas mañanas en las que el aire está tan frío que congela los pulmones nada más entrar en ellos y la neblina de la noche todavía no ha levantado. Lord Henry había salido a pasear como todas las mañanas, pero aquel día decidió que cambiaría su paseo habitual para conocer un poco mejor la ciudad. Anduvo por las aceras de Londres sin ir hacia ningún sitio en concreto, pasando por callejones llenos de soledades que nunca antes había visto.
De esta forma tan casual fue a parar a esa calle, cuando la encontró le pareció que todo tenía un cierto halo de magia y de misterio. La simetría de los árboles y los bancos, la asimetría de los colores, la extraña forma de las baldosas, el encantador silencio que rodeaba a todo el aquel lugar…
No pudo evitarlo y como hechizado se tuvo que sentar, y allí se quedó mientras el Sol iba “subiendo” jugando con las nubes y cambiando las sombras.
Perdió la mañana, pero al volver a su casa sintió que era más feliz que cuando salió por la puerta. En el fondo sabía que había encontrado un refugio para su alma.
A la mañana siguiente volvió a salir con su bastón y su sombrero en busca de su calle, pero por más que anduvo no la encontró. Primero decidió buscarla intentado volver a los mismos sitios que la mañana anterior, pero no funciono, así que pensó que lo que tenía que hacer era perderse en cada cruce para de casualidad encontrarla otra vez.
Así deambuló todas las mañanas en busca de su calle, pero parecía que Londres no estaba dispuesto a enseñársela y la escondía.
Pasó mucho tiempo hasta que volvió a encontrar su calle y como no, de casualidad. Se propuso que esa vez se fijaría en cada detalle del camino de vuelta a casa para no volver a perderla. Desde aquel día pudo señalar con un dedo sobre el mapa en que lugar exacto se encontraba su refugio, al que volvía cada vez que quería algo de paz.
Pero fueron años más tarde, cuando Lord Henry se dio cuenta que no haber encontrado su calle le permitió conocer su ciudad.

domingo, 24 de octubre de 2010

buhos.

Puede que para recordar,
primero tuviera que olvidar...
que un extraño,
nunca será lo mismo que un desconocido,
que sin saberlo ya has vendido tu alma,
y en la oferta incluías tus bragas.

Porque el carmín rojo,
siempre hará los besos de mentira,
y en la mentira sólo se encuentra ira,
que es el color que se nos escapa por los ojos.

Y aun así, nunca entendí la hipocresía de rimar los mismos versos,
para diferentes besos,
quizás nunca me entendí,
quizás nunca te entendí,
quizás no quise que me entendiensen,
quizás no me dí a entender...

Robaré frases de otros que me digan:
que "algún día", es una enfermedad,
que hará que me lleve los sueños a la tumba
y que lo que me queda para iluminar,
es un triste mechero al que le falta la piedra.

Ni siquiera sé si me acordaré al despertar,
la verdad es que dudo si todo fue eso que llaman soñar,
porque tú sola te encargabas de difuminar,
todo lo que mi memoria por ti solía recordar...

Cuatro paredes son fronteras,
que no dan más de si,
y cuando el frío de la noche puede más que tu vergüenza,
nadie sabe más de ti.

Y la Luna puede que sea tu única compañera,
y si es llena,
tus ojos se llenan,
y tu sonrisa se desenfrena,
y lo único que alomejor nos queda,
será el toque de queda,
y el canto de las sirenas,
que en el canto de la memoria se deja.

jueves, 17 de junio de 2010

lluvia.

Ayer fue uno de esos días raros de verano, esos en los que aparece una tormenta encima tuya sin previo aviso justo cuando estabas disfrutando de algunos rayos acariciando tu espalda, de esos días que puedes saborear el olor a tierra mojada desde la seguridad de tu almohada, usando como escenario una ventana y sabiendo que hagas lo que hagas el Sol volerá mañana.

Es en esos momentos en los que siempre me pregunto, mientras miro como la gente corre a resguardarse para no mojarse, porqué todas las personas que han salido de sus casas tienen algo que hacer, un lugar al que ir, una meta a la que llegar, algo que buscar... Algunos usan paragüas para protegerse y poder llegar a su "destino", otros se detienen un rato para más tarde seguir su "camino", pero pocos son los que se paran y gozan verdaderamente el instante, pues salieron a la calle sin ningún proposito, solamente el de perderse un rato por una mistoriosa ciudad llena de secretos que no se ven en los mapas.

Parece que la mayoría de las personas han perdido la capacidad de andar por andar hacia ningún lugar, sin rumbo, sin sentido ni dirección salvo la que dicte tu intuición, dejando que ésta nos guíe y sea izquierda o derecha en el próximo cruce. Dejar todo de lado y llevar la música al lado. Entender que el fin nunca justificará los medios, pues de medios caminos estarás más que servido. Improvisando, sin esperar para seguir jugando. Que a cada paso le venga un pensamiento seguido de un sentimiento...

Pero ya he dicho que estas y otras muchas preguntas me las hago sólo en estos días raros, los demás, dejo que mi cabeza siga a mis pies sabiendo que el Sol me volverá a calentar, sabiendo que los pájaros tarde o temprano volverán a volar, sabiendo que la marea bajará y subirá...

domingo, 11 de abril de 2010

fugaz.

Y a falta de la Luna, me dejé llevar por las estrellas. Puntos, pequeños puntos brillantes.
Estrellas que su unían formando constelaciones, constelaciones que cada una tenía su historia, pero que habían sido testigos de muchas más, tantas, que faltarían puntos en el firmamento para contarlas...quizás fuese más fácil contar todas las estrellas que contar todas las historias.

Pero toda esta belle
za quedaba eclipsada por ellas. Pasaban por delante de todas las demás, de una forma que siempre alegraban a aquellos que tenían la suerte de verlas, pasaban de una forma, que por un momento parecía que era lo único que colgaba del cielo. Tal era su magía, que en ese instante en el que dejaban verse, ninguna otra cosa pasaba por la mente de esos privilegiados. Era tal su fulgor, que a veces parecía que eran el farol que iluminaba la noche y que después de su desfile, todo quedara en penumbras...

Tras ellas siempre dejaban un pequeño rastro, que era imposible de seguir, como ese olor que no hacía falta ver para saber que ella pasó por allí y dejó todo hechizado. Poseían la belleza de lo casual, de lo diferente, líneas en vez de puntos, de aquello que no se espera encontrar pero que sin buscarlo si sabes hacia donde mirar lo tienes. Porque cuando nos advertían de su presencia, siempre preguntamos que por dónde pasó, a sabiendas de que ya es demasiado tarde, a sabiendas de que tus ojos no apuntaban al sitio adecuado, puede que estuviesen distraidos mirando debajo de la falda de Andromeda o al escote de Cassiopea...
Y todo este teatro tenía el escenario perfecto para la función, la noche.

Porque si me pidiesen que eligiese que ser dentro de esta tragicomedia, no lo dudaría, sería una de ellas, sería una persona fugaz.

sábado, 20 de marzo de 2010

onírico.

Bajo los brazos de Morfeo,
donde cogén forma mis más oscuros deseos,
no pude evitar pensar que algo faltaba,
algo no estaba, algo se me escapaba, pero no veía nada.
¡Joder, es lo que pensé y sin más desperté!
Al mirar a un lado y al otro,
más dormido que despierto,
en esa frontera que separa dos mundos,
noté ese anhelo,
aquello que causaba mis desvelos...
¡No tenía su olor entre mis dedos!

domingo, 28 de febrero de 2010

rituales.

Había sombras que danzaban sobre las paredes de una forma tan hermosa que el propio fuego que las creaba, sentía envidia de ellas. Estas sombras eran el reflejo de una danza con mayor armonía, eran el reflejo de dos cuerpos que hablaban por ellos mismos.
Todo envuelto de noche, salvo ese fuego que calentaba a esos bailarines y esas sombras que poseían más luz que algunas estrellas. Después de horas y horas de excitantes movimientos, las sombras empezaron a desvanecerse con el despuntar de los primeros rayos de un nuevo día.
El cavernícola de Platón se equivocaba, existian sombras que mostraban mucho más que las ideas de las que hablaba. Estos pensamientos colorearon siluetas que decían más que las palabras.
Y yo no escribo ni a nada ni a nadie, asique que cada uno se imagine como funciona este baile.

alighieri.

Nuestro joven Dante se tuvo que parar porque después de aquella maratón, sus piernas ya no le respondían. No sabía como aun no veía la meta. Había dado paso tras paso hacia adelante, pero en verdad no sabía hacia donde conducía aquel sendero. Por lo que necesitó detenerse, necesitó sorprenderse.
Se tumbo en el primer sitio que pudo y se concentró pensando en no pensar en nada. Mucha gente es capaz de conseguir esto, pero nuestro pobre Dante, como el resto de las personas, no lo era. Tras tanto meditar llegó a la conclusión de que ésta vez también se trataba de una comedia, pero nada divina. Ésta vez tendría que buscar él a Virgilio...