lunes, 8 de noviembre de 2010

alterego.

Era una de esas mañanas en las que el aire está tan frío que congela los pulmones nada más entrar en ellos y la neblina de la noche todavía no ha levantado. Lord Henry había salido a pasear como todas las mañanas, pero aquel día decidió que cambiaría su paseo habitual para conocer un poco mejor la ciudad. Anduvo por las aceras de Londres sin ir hacia ningún sitio en concreto, pasando por callejones llenos de soledades que nunca antes había visto.
De esta forma tan casual fue a parar a esa calle, cuando la encontró le pareció que todo tenía un cierto halo de magia y de misterio. La simetría de los árboles y los bancos, la asimetría de los colores, la extraña forma de las baldosas, el encantador silencio que rodeaba a todo el aquel lugar…
No pudo evitarlo y como hechizado se tuvo que sentar, y allí se quedó mientras el Sol iba “subiendo” jugando con las nubes y cambiando las sombras.
Perdió la mañana, pero al volver a su casa sintió que era más feliz que cuando salió por la puerta. En el fondo sabía que había encontrado un refugio para su alma.
A la mañana siguiente volvió a salir con su bastón y su sombrero en busca de su calle, pero por más que anduvo no la encontró. Primero decidió buscarla intentado volver a los mismos sitios que la mañana anterior, pero no funciono, así que pensó que lo que tenía que hacer era perderse en cada cruce para de casualidad encontrarla otra vez.
Así deambuló todas las mañanas en busca de su calle, pero parecía que Londres no estaba dispuesto a enseñársela y la escondía.
Pasó mucho tiempo hasta que volvió a encontrar su calle y como no, de casualidad. Se propuso que esa vez se fijaría en cada detalle del camino de vuelta a casa para no volver a perderla. Desde aquel día pudo señalar con un dedo sobre el mapa en que lugar exacto se encontraba su refugio, al que volvía cada vez que quería algo de paz.
Pero fueron años más tarde, cuando Lord Henry se dio cuenta que no haber encontrado su calle le permitió conocer su ciudad.

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