domingo, 11 de abril de 2010

fugaz.

Y a falta de la Luna, me dejé llevar por las estrellas. Puntos, pequeños puntos brillantes.
Estrellas que su unían formando constelaciones, constelaciones que cada una tenía su historia, pero que habían sido testigos de muchas más, tantas, que faltarían puntos en el firmamento para contarlas...quizás fuese más fácil contar todas las estrellas que contar todas las historias.

Pero toda esta belle
za quedaba eclipsada por ellas. Pasaban por delante de todas las demás, de una forma que siempre alegraban a aquellos que tenían la suerte de verlas, pasaban de una forma, que por un momento parecía que era lo único que colgaba del cielo. Tal era su magía, que en ese instante en el que dejaban verse, ninguna otra cosa pasaba por la mente de esos privilegiados. Era tal su fulgor, que a veces parecía que eran el farol que iluminaba la noche y que después de su desfile, todo quedara en penumbras...

Tras ellas siempre dejaban un pequeño rastro, que era imposible de seguir, como ese olor que no hacía falta ver para saber que ella pasó por allí y dejó todo hechizado. Poseían la belleza de lo casual, de lo diferente, líneas en vez de puntos, de aquello que no se espera encontrar pero que sin buscarlo si sabes hacia donde mirar lo tienes. Porque cuando nos advertían de su presencia, siempre preguntamos que por dónde pasó, a sabiendas de que ya es demasiado tarde, a sabiendas de que tus ojos no apuntaban al sitio adecuado, puede que estuviesen distraidos mirando debajo de la falda de Andromeda o al escote de Cassiopea...
Y todo este teatro tenía el escenario perfecto para la función, la noche.

Porque si me pidiesen que eligiese que ser dentro de esta tragicomedia, no lo dudaría, sería una de ellas, sería una persona fugaz.

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